17 de junio de 2010
Me mira a travez de esos vidrios opacos, recorre mis ojos y busca mi alma. A pesar de esa oscuridad (no solo de esos vidrios, si no también de esos ojos) llego a distinguir un camino inmenso. Es excitante poder toparme con esa historia sin que te la cuenten, aunque sea una ráfaga. Veo discos, años, acordes, melodias, horas frente a esa serie de telcas negras y blancas que invitan al genio a fundirse con ellas. Veo rencores, cifras, odios, variedades de ideas y millones y millones de personas. Pero enseguida caigo en la cuenta de que no es real, que es solo una imagen, un papel colorido, un papel que busca atraparme y lanzarme hacia esa caja (y no tanto en estos días) mágica, luminosa, que simula una realidad que no es o que por lo menos no nos pertece, y que arroja en nuestra mente ideas, conceptos de necesidad, divisiones idiológicas y tantas otras cosas que para nuestra busqueda son efímeras.
El potencial de nuestro mundo, nuestros hombres y mujeres, y nuestras máquinas es abismal. Se desperdician tantos recursos (no necesariamente materiales) que lo útopico nos parece absurdo. Locos simpáticos son para nosotros los idealistas, y solo quedan mediocres detrás de ellos, un desperdicio.
¡Que rápido nos rendimos! Nos afectan tanto las palabras ajenas que perdemos de vista esas motivaciones únicas de nuestro ser, propias del instinto. Y no solo las críticas directas, también nos limita nuestro propio orgullo (algo que me resulta extraño), esa espina que tanto determinó el andar de la humanidad. Nos lastima pensar en nosotros ya sin esa juventud que nos apresuramos a vivir a destiempo y lo único que hacemos es caminar a ciegas y desconcertados. Parece que nuestra felizidad solo depende de los otros, que tristeza desconsolante...
0 comentarios:
Publicar un comentario